Y sí, me puse la cara del asesino y empecé a regalar silencios,

más grandes que los recibidos.

Me puse en guardia y esperé decesos, cambios.

Pero aunque todos se movian, nada en verdad pasaba.

Veía cuerpos, veía rostros, pero no veía vida.

Me ví en un espejo y encontré un acercamiento a la nada.

Así que, con la cara del asesino bordada al alma

te busqué y grité a los cuatro vientos,

pero solo recibí el mismo silencio que regalaba.

Pensé en cuellos que latian, pero no era cierto.

Me olvidé al placer y desde esa fecha tránsito en él.

Sin sentido.

En silencio.

Sin esperar nada.

Más que un simple espasmo.

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Vladimir Vera

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