Se sabe del amor por la querella

entre lo que has ganado y has perdido;

esa lucha ampulosa del sentido

contra la dependencia que lo sella.

      

Quizás en la tendencia a dejar huella

para que nadie más caliente el nido

o en el reír perverso, enloquecido,

tocando el centro exacto de una estrella.

      

Es la butaca incómoda de un cine:

la mente más curiosa y transitoria

se sienta por que el fin no se termine.

      

En el beso final, la vasta Historia.

Ese breve esplendor que nos define

la intemporalidad de la memoria.

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©Esther Giménez

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