En 1933, los marines, humillados, se fueron de Nicaragua.

Se fueron pero se quedaron. En su lugar, dejaron a Anastasio Somoza y a sus soldados, entrenados por los invasores para ejercer la suplencia.

Y Sandino, victorioso en la guerra, en la traición fue derrotado.

En 1934, cayó en una emboscada. Por la espalda tenía que ser.

-A la muerte no hay que tomarla en serio – gustaba decir- No es mas que un momentito de disgusto.

Y pasó el tiempo, y aunque su nombre fue prohibido, y prohibida fue su memoria, cuarenta y cinco años después los sandinistas voltearon la dictadura de su asesino y de los hijos de su asesino.

Y entonces Nicaragua, país chiquito, país descalzo, pudo cometer la insolencia de resistir durante diez años la embestida de la mayor potencia militar del mundo. Esto ocurrió a partir de 1979, gracias a esos músculos secretos que no figuran en ningún tratado de anatomía.

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Eduardo Galeano

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de “Espejos”